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6 · Roma ciencia y técnica

El libro con páginas (el códice)

hacia 300 d. C. Imperio romano

En breve

Durante siglos, los libros fueron rollos de papiro de incluso varios metros de largo, que había que desenrollar con las dos manos. Poco a poco se extendió una forma nueva: hojas dobladas y cosidas juntas, con una cubierta, es decir, el códice. Era más cómodo para buscar un pasaje, se podía escribir por las dos caras y ocupaba menos espacio. Los cristianos lo usaron muy pronto para sus textos sagrados. Hacia el año 300, el códice, a menudo de pergamino, ya estaba superando al rollo.

Por qué es importante El libro que hoy tienes en las manos, con páginas para hojear, desciende precisamente del códice de la Antigüedad.

Fuente: Encyclopaedia Britannica, «Codex»

Ilustración: El libro con páginas (el códice) (Imperio romano)
Ilustración creada con IA para Storiascopio
El libro con páginas (el códice): Imperio romano
Dónde: Imperio romano

Ficha para estudiar unos 5 minutos de lectura

La historia

Leer un libro de diez metros de largo

Intenta imaginar que tu libro preferido es una larga cinta enrollada en dos palitos. Para leerlo tendrías que sujetar un palito con una mano y otro con la otra, desenrollando un poco cada vez, y para volver atrás a releer un pasaje tendrías que reenrollarlo todo. Así leían los romanos, durante muchos siglos. Su libro se llamaba volumen: un rollo, hecho con hojas de papiro o de pergamino pegadas una tras otra y enrolladas alrededor de una varilla. De volumen viene nuestra palabra «volumen».

Algunos de los rollos latinos más antiguos que conocemos proceden de las excavaciones de Herculano, la ciudad sepultada por la erupción del Vesubio en el 79 después de Cristo. Pero para los textos muy largos, como un gran poema o un tratado de historia, el rollo no era cómodo: hacía falta más de un rollo, y encontrar un pasaje preciso era cansado.

De las tablillas al códice

La idea nueva nació de un objeto de uso cotidiano. Los romanos escribían apuntes, cuentas y cartas en tablillas de madera cubiertas de cera, unidas entre sí con anillas o con tiras de cuero. Este bloque de tablillas se llamaba codex, palabra que viene de caudex, «tronco de árbol». Después alguien tuvo la idea de sustituir las tablillas de madera por hojas de pergamino o de papiro, dobladas y cosidas juntas: así nació el códice, el libro de páginas que conocemos.

Hacia el 84-86 después de Cristo el poeta Marcial, en Roma, nos ofrece un testimonio valioso: recomienda a sus lectores una nueva edición de sus poesías en forma de códice, diciendo que ocupa poco espacio y se sostiene fácilmente en una mano. Los estudiosos piensan también que ya en el siglo I se usaban cuadernos de pergamino doblado, llamados en latín pugillares membranei, como antepasados del libro de páginas.

Por qué venció el códice

El códice tenía muchas ventajas prácticas. Se podía escribir por las dos caras de la hoja, por lo que hacía falta menos material. Ocupaba menos espacio y se transportaba con más facilidad. Sobre todo, permitía encontrar enseguida el punto que interesaba: se hojeaba, en lugar de desenrollar. Para quien debía consultar textos de leyes, de medicina, de religión, era una gran ayuda.

Los primeros cristianos lo adoptaron pronto. Parece que ya desde el siglo II muchos de sus textos, como los Evangelios, se escribían en códices, y el códice se convirtió en la forma habitual de los libros sagrados. Los estudiosos discuten cuánto pesaron los cristianos en su difusión: quizá no fue solo una elección religiosa, sino también práctica, ligada al tipo de comunidad que producía esos textos. Los libros en códice eran, además, más sencillos de copiar y de transportar.

El pergamino, es decir, la piel de animal preparada para escribir, se prestaba muy bien a este tipo de libro, más que el papiro, que se estropeaba al doblarlo. Su nombre recuerda a la ciudad de Pérgamo, donde según la tradición se perfeccionó. Hacia el año 300, según diversas reconstrucciones, los códices ya igualaban en número a los rollos; en los siglos siguientes los sustituyeron casi del todo. Algunos estudiosos sitúan el predominio definitivo en el siglo IV, otros incluso más tarde.

Cómo se hacía un códice

Las hojas se doblaban y se insertaban unas dentro de otras para formar cuadernillos. Una hoja doblada en dos se llamaba bifolio; con dos bifolios se hacía un duerno, con tres un ternión, con cuatro un cuaternión, llamado también cuaderno: de ahí viene la palabra «cuaderno». Los romanos numeraban las hojas, y no las caras sueltas, distinguiendo la parte de delante (recto) de la parte de detrás (verso). En la antigua Roma los códices eran copiados a menudo por esclavos instruidos; en la Edad Media los copiaron sobre todo los monjes, en los scriptoria, las salas de escritura de conventos y abadías. Algunos códices estaban miniados, es decir, decorados con dibujos y letras de oro. Uno de los más bellos es el Codex Rossanensis.

Una nueva manera de leer

El códice cambió también la manera de leer. Con el rollo se leía de principio a fin, en orden. Con el códice se podía saltar de un capítulo a otro, comparar dos pasajes, poner una señal. Más tarde se empezó a numerar las páginas y a hacer índices. Los códices más antiguos que se han conservado son egipcios y se remontan a un periodo entre finales del siglo I y el siglo II después de Cristo.

Por qué ocurrió

Los romanos escribían desde hacía siglos en tablillas de cera unidas entre sí, y ese formato de bloquecito ya era familiar. La idea de usarlo para textos más largos, sustituyendo las tablillas por hojas de pergamino, surgió por tanto de manera natural.

Además, el rollo creaba problemas prácticos para textos largos o de consulta frecuente. Con la difusión del cristianismo, y con la necesidad de leer y citar los textos sagrados, un formato que permitía encontrar deprisa un pasaje resultó todavía más útil.

Qué cambió

El códice es el antepasado directo del libro moderno. Cuando abres un libro, pasas las páginas y buscas un capítulo en el índice, usas un invento nacido en la antigüedad romana. El formato resistió casi dos mil años, también a la revolución de la imprenta: Gutenberg, en el siglo XV, imprimió libros que tenían la misma forma que los códices.

En la Edad Media los códices copiados por los monjes conservaron la literatura antigua. Muchos textos que hoy leemos han llegado hasta nosotros solo porque se copiaron en códices de pergamino, mientras que los rollos de papiro, más frágiles, se perdieron en gran parte.

También las palabras que usamos recuerdan esta historia: «volumen», «cuaderno», «código» (también en el sentido de colección de leyes, como el código civil), «página» y «hoja».

Personas y lugares clave

Personas

Marcial
Poeta latino del siglo I d. C. que recomienda a los lectores una obra suya en forma de códice, cómoda de sostener en una mano.
Monjes copistas
En la Edad Media copiaban los códices a mano en los scriptoria de conventos y abadías.

Lugares

Herculano
Ciudad sepultada por el Vesubio en el 79 d. C.: de aquí proceden algunos de los rollos de papiro latinos más antiguos conocidos.
Pérgamo
Ciudad de Asia Menor que da nombre al pergamino.
Scriptorium
La sala de copistas de un monasterio, donde se copiaban y se miniaban los códices.

Para saber

  • La palabra «código» viene del latín caudex, que significaba «tronco de árbol».
  • El «cuaderno» toma su nombre del cuaternión, un cuadernillo de cuatro hojas dobladas.
  • Algunos de los rollos latinos más antiguos que conocemos se han encontrado en Herculano, carbonizados por la erupción.
  • Los códices más antiguos que se han conservado son egipcios y se remontan a un periodo entre finales del siglo I y el siglo II d. C.
  • El Codex Rossanensis es uno de los más bellos códices miniados de la época bizantina.

Para saber más

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